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You shot me down

-Dispárale, joder. Dispárale de una puta vez. Dispárale, está herida, se muere. Se está muriendo, joder. No puedes estropearlo más. Está chapoteando en sangre, por Dios.

-La conozco, Rob.

-¿Qué?

-La conozco... Rob.

-¿Qué? ¿La conocías?

-Sí. Y la quería.

Su mano arañaba al asfalto, las uñas negras tejían cinco surcos sobre ese lienzo carmesí que los anegaba pronto, con crueldad maquinal a medida que se estiraban. Había mechones largos y rubios agonizando tendidos en el suelo, retorcidos y ensangrentados, que aún brillaban. Las arrugas del vestido negro iban laqueadas con destellos rojos. Su cara estaba contraída en una preciosa mueca de dolor. En sus ojos se reflejaba él, turbio, y sobre las lágrimas era un sueño en mitad de la pesadilla de la propia muerte.

-Mierda, Ray.

-¡No!


Bang... Bang.






My own hard boiled

-Hay varios tipos de enfermedades casi-contagiosas, aunque la mayoría se contraen por la nariz.

Mueve su vaso y se entrechocan los dos cubitos. Es uno de esos ademanes de auto-ayuda que dan ánimos a uno, o le felicitan, a veces incluso dejándole creer que han sido por eso y no porque simplemente estaba tan cagado de miedo que le ha dado un ataque de epilepsia en las manos que han dejado de recordar cómo era estarse quietas. Aunque él de veras se siente satisfecho ahora mismo, aún conviviendo en un mismo cuerpo con su complejo de inferioridad que le corre por la sangre apabullando a los glóbulos rojos y entumeciéndole la parte del cerebro que controla los dedos cuando pasa por allí. Es que realmente cree que ha dicho algo demasiado interesante y que con ello se ha ganado ya la gloria. La gloria de las sábanas, claro, y en su cama, por supuesto. Entre sus brazos, o mejor si son sus piernas las que le agarran. ¿Qué gloria iba a ser si no? Ella medio le sonríe. No le ha hecho ni puta gracia, pero es lo que se hace siempre. Tenía que ser una sonrisa tonta por convenio, pero si la mirabas fríamente seguro que era ella entera la que te parecía tonta; por suerte él, que es el único que la está mirando -no porque no merezca la pena mirarla y mirarla, sino porque es un bar bastante oscuro- ya tiene una erección, y no es por casualidad... no se lo digáis, pero se ha puesto a si mismo al parecerse tan interesante.

-¿No me crees? Bueno, bueno... Pues... pero deberías, ¿sabes?, porque es una cosa muy importante. La gente en general no les da importancia. Es un error. Un error, porque son tan comunes que... -Al final se ha decidido a llevarse el güisqui a la boca (en tan mal momento, sí)- Que, que... Que mira. Te puedo asegurar que tú, tú tienes al menos una, una ahora mismo, aquí.

-¿Yo? -Le mira a los ojos para hablarle. Luego se los guarda otra vez para ella, y fue un "¿yo?" muy corto.

-Y hasta yo. Creo que el señor de esa mesa, el calvo... solo se le va la calva desde aquí... bueno. Mira... pues el calvo, el calvo creo, creo que me ha contagiado una. Las enfermedades casi-contagiosas se transmiten todo el rato. Los estados de ánimo, por ejemplo. Son una enfermedad casi-contagiosa.

-¿Sí? -Otra vez lo de los ojos, pero esta vez jugando con la cañita de su combinado en la boquita. Mordisquito, caída de ojos, mordisquito. Mordisquito. Tiene una punta de la lengua muy roja, muy húmeda.

-Verás. No es que se contagien, ¿vale? Son estados de ánimo. No una gripe. Un estado de ánimo no es una gripe, y en eso estamos de acuerdo, ¿verdad?

-Mmmh -Y sorbe de la pajita, pero muy, muy poquito, solo para dejárselo en los labios, corriendo, quieto, no sé cómo, pero en los labios, a punto de desbordarse de los labios y resbalar por la comisura hacia abajo, abajo, abajo...

-Va... vale. Vale. Pues no... no son una enf... Pero eso ya lo he dicho. Je. Es que tengo muy, muy mala cabeza. Yo soy así, ¿sabes? Me lo contagió uno en el 94. Me pidió indicaciones para llegar a la estación, ¿sabes? Y acabamos yendo a tomar un café. Era un tipo... era bajito, un poco calvo, con gafas. Judío. Un tipo interesante, de veras. Era interesante. Luego me dijo que llevaba dos días buscando la estación por toda la ciudad.

Ella se ríe. Él también se ríe pero no se le nota porque lleva todo el rato con una mueca de risa en la cara. Ella quita la cañita de su vaso grande para cockteles, la rodea con los dedos, las uñas rojo sangre. La caña está perlada de gotitas y la más gorda le tiembla suspendida en la punta. La deja sobre la mesa poco a poco, exacta, precisa, como si hubiese calculado el sitio antes. La perfección del dejar cañitas sobre la mesa. Él no sabe si lo está haciendo con un cuidado especial, no, con una técnica especial de mujer para hacer que sufra de tensión en el pantalón o si es él que desea demasiado hacerle el amor y tiene una visión del mundo toda llena de lujuria y sublime depravación.

-Y...

Pero no puede seguir. Tiene que tragar saliva cuando la chica alarga el brazo y coge su copa, que es enorme para ser una copa, y se la acerca y bebe un gran sorbo de los de ojos cerrados sin que le importe el polvo de fructosa en el borde. Cuando los abre, con la mirada encajada en la de él, él solo piensa en el verde, se pierde en el verde, ese verde selvático de sus ojos, se pierde en sus ojos y ya no sabe pensar y ahí, ahí sobre los labios un poco de cocktail de haber bebido de la copa grande que brilla con la luz del foco amarillo que le cae sobre la cara... y cuando... oh. Y la lengua está húmeda toda, está húmeda por detrás, está húmeda y aún se bebe el cocktail de sobre los labios y los humedece, los humedece más, humedece donde toca. Y aún le mira, aún le mira... Es la primera vez que le mira tanto rato, más de lo que se tarda en decir un monosílabo, aunque fuese el monosílabo más largo de entre todos los monosílabos de todos los idiomas que existen. Y ahora... ahora le habla. Habla ella, ella a él, y él no sabrá responder nada y ella ya está hablando, ya...

-Has escrito güisqui mal, como sale en la Rae. Eso no es nada cool. Los tipos listos que piensan este tipo de tonterías sobre las enfermedades casi-contagiosas no escribirían güisqui así jamás en la vida, no sin coacción.

Le han pillado.

-Pero no te preocupes. Voy a agarrarte entre las piernas esta noche, te lo aseguro. Me gustan los pirados que escriben esto -y señala a la hoja de papel que tiene él entre las manos- mientras hablan. Follan tan bien... Y lo comen bien. Son muy creativos con la lengua. Más si tartamudean, como tú. Lo comen como con vértigo, rapidísimo. Y me dan vértigo a mí.

El whisky que quedaba, de un trago, baja en picado por su esófago cuando ya se están besando lascivam...

Sin título

El cigarrillo a medio fumar ya se había descabezado hacía rato contra el mármol negro del cenicero y se estaba empezando a astillar doblado mientras unas uñas rojas lo atornillaban, cogiéndolo por las trazas de carmín. Encima del alquitrán arrastrado, entre la ceniza, brillaban aún dos chispas naranjas. Brillaban mucho porque estaba todo muy oscuro. Aquél día no hubiese sido una buena idea encender las luces. Cualquiera podría haberse alegrado de ver que había alguien en casa, y ellos dos preferían ser parcos, no ir esculpiendo sonrisas perversas con los labios -delgados y agrietados, seguramente- de nadie. Como en una buena película, había un rayo de luna entrado por la ventana que caía sobre sus tobillos y sus pies sin zapatos y hasta un poco de las piernas cruzadas; y la rejilla fina, coqueta de sus medias se medía con la piel desnuda en una disputa muy igual. Cuando sus dedos soltaron el cadáver destripado ya no podía haberse caído más. Entonces levantó la mirada y se posó directa desde los restos en mis ojos. Daba la sensación de que había estado pensando todo ese rato en lo que iba a decir ahora.

-Te quiero, ¿lo sabes?

Todo tenía mil ápices de irrealidad y aún así estábamos más conscientes que nunca, con la consciencia que da solamente estar bendecido por la vida, aunque quiera divorciarse de ti y verte muerto a su vez.

-No es verdad. -Pero le brillaban las pupilas bajo el claroscuro- Quítate la ropa. No nos hace falta hablar de amor. El fin ya ha sido para los dos.

-Te quiero, -repitió, exactamente con la misma voz concreta y vacía de antes. Y se llevó el brazo atrás y empezó a sonar el traqueteo de la cremallera.