Mostrando entradas con la etiqueta Bostezos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bostezos. Mostrar todas las entradas

Las historia real y jamás contada de Charles Broom y la inmortalidad















Alma

Habiendo partido del fin del mundo, habiendo nacido en las cataratas que en el borde del mundo despeñan el mar sobre el abismo y habiéndolas trepado mientras daba la primera respiración –después de haber nacido luchando por no caer despojada del planeta mismo y habiendo desbordado la maravilla de Gordon Pymm y su terror a la vez que exhalaba por primera vez su primer grito de angustia antes incluso de haber cortado el cordón umbilical que la unía a la musa, habiendo sido lanzada así a la vida, y habiendo luego andado bajo las aguas durante décadas, siglos, durante milenios y milenios de milenios, porque no podía andar, arrastrada por el suelo de arena entre los despojos de la ballenas y los cascos naufragados tan a la profundidad que ni el liquen marino los manchaba y ningún pez los había explorado jamás, que sólo habitaba el misterio y un silencio inabarcable; y después de haber emergido de las aguas y haber secado sus alas de aurora al sol de África y habiendo levantado entonces el primer vuelo, y fue sobre el desierto enloqueciendo a Saint Exupery en su último transahariano, cercada por las tormentas de arena, su piel de niebla y de tul sesgada... habiendo sufrido tanto hasta llegar a su cuerpo... a caso no tendrían que dolerle cuanto le duelen las cosas que en él se sienten. Pero aunque nacida en un crisol de hostilidades, siempre a punto de descoserse y esparcirse entera como un manto de polvo de estrella sobre la tierra, aunque sufrida hasta lo inefable, el alma no puede dejar de ser alma, no puede despojarse de ella misma a su naturaleza; aunque sufrida hasta lo inefable no puede dejar de sentir.

Con amor para el protagonista, a ver si aparece

No había un hombre en la tierra que se pudiese enfrentar a él. Era el mejor, el más guapo, el más listo, el más valiente, ágil, perspicaz, elocuente, soñador, el más capaz, tenía una voz melodiosa aunque firme y un pene enorme. Muchos lo comparaban con un Dios; lo que era indiscutible es que había atracado al dispensario de dones el momento antes de su concepción. Durante su tiempo libre curaba enfermedades; en el baño, sentado en la taza, escribía novelas o continuaba el lienzo que había puesto para ese propósito; antes de dormir, cada día, se enfrentaba a sus demonios y los vencía, los humillaba más bien, y ya con el rabo entre las patas de cordero daban paso a los que tendrían que acecharle la noche siguiente. No lo habían querido asesinar porque todo él radiaba tanta omnipotencia que ni tan solo la envidia podía doblegar la adoración que, necesariamente, tenía que profesársele al verle. Incluso varios intelectuales de la época aventuraron que en caso de intento de homicidio contra él, aunque imposible en cualquier caso, la pistola, por ley natural, aunque se tratase de una cosa inanimada, había de encasquillarse, o la dinamita humedecer la mecha, o girar el coche espontáneamente el volante. Hombres y mujeres estaban perpetuamente enamorados de él y nunca era un amor vulgar. Los pérfidos, bajo el influjo de su mera presencia, rendían sus mezquindades siéndoles devueltas justo a continuación las almas, arrobadas ya antes de llegar a los cuerpos por un sentimiento glorioso de no caber en si mismas. La vejez y la edad le temían, durante treinta años no envejeció ni su aspecto ni su pensamiento, que en lugar de agriarse y estipularse cada vez con más facilidad se iba haciendo, para sorpresa de todos aquellos que no creían que pudiese haber nada superior, cada vez más y más complejo y creativo y afable. Y de hecho cada vez parecía más, y eso se temía por todo el mundo, que su espíritu hubiese de echar a volar cualquier día. En lo espiritual, antes de la mayoría de edad había superado a Buda; a los dos años, basta con decir eso, ya meditaba, y a los siete pasó varias semanas en el nirvana. Ahora se ocupaba de sentirse a cada instante más fundido con el resto de cosas, con todas las personas, pero también con los árboles y las rocas, en un sentido abstracto de lo abstracto de lo que significa fundir, y de poder vivir con esa nueva dimensión; de ser todo y él a la vez, de eso se ocupaba, y siempre decía que estaba aprendiendo mucho sobre aquello. Sería verdad, porque entendía con total exactitud todos los estados de todo lo que estaba a su alrededor. Lo suyo no era ya empatía, ni tan sólo se reducía a las personas. Era capaz de comunicarse realmente con ellas, no tenía ese problema que tenemos todo en ese sentido. Para él hablarle a sus profundidades y que ellas le recibiesen y que juntos pudiesen bailar un vals allí en ese pozo era algo natural, y siempre estaba en harmonía con todo y con todos. Hablaba con los animales, a su manera, que era como decirles cosas en un idioma universal de roces y miradas y algún que otro gesto. Una vez, a los siete meses de edad, mató a una polilla para saber qué se sentía. Luego lloró, y luego la enterró en un tiesto junto a una semilla de amapola, y cuando brotó muchos esperaban que al abrirse el capullo saliese volando una nueva polillita que ahí se había incubado. La mayoría coincide en que eso al final no pasó.
Una persona así en el mundo había acabado con las guerras; su presencia en el mundo lo había hecho mejor, más grande varios metros. Viéndole, todos se inspiraban de él. No había sitio en el mundo para una persona así y la hambruna a la vez. A sus diez años, el hambre dejó ya de tener sentido para cada uno de los individuos del mundo, se dio cuenta el último de que era francamente estúpido que aún durase. De este modo acabó también la guerra, occidente, las religiones y el cambio climático. Algo curioso es que el día de su aniversario es, según dicen los registros, el que tiene al año un mayor índice de fenómenos telúrico y naturales en general, tradición que duró desde el año anterior a su nacimiento, y que empezó la cuenta con la gran erupción solar que hizo en pleno diciembre que se volviesen a llenar las playas durante más de dos semanas. Qué calor maravilloso hizo esa vez, que el sudor que corría por las frentes de la gente traía alegría consigo, y medio mundo estuvo contentísimos y la otra mitad achicharrado. No hace falta decir que los expertos atribuyen esta serie de casualidades a un homenaje por parte del cosmos, al menos de la parte que queda cerca del planeta, y la tierra misma, de hacerle un homenaje a él, aunque a veces se propase en su buena voluntad y mate a algunos con un desprendimiento de rocas o una erupción.

Royendo pétalos


¡Qué de cosas hay en el mundo! Mesas, libros, fruta, tapices, farolillos, lunas rielando... lomos de salmón, tabaco, pañuelos de seda, flores. Flores. Hay flores y de flores hay miles; tenemos amapolas -rojas, amarillas, violetas, congregadas en sus campos infinitos de las llanuras de Kazajstan-, las tradicionales rosas, lirios que parecen mujeres desplomadas de mucho parir -de nuevo embarazadas-, alhelíes pequeños, tan delicados uno a uno pero despreocupados en sus frondas, bondadosos, que crecen ya en ramos de sus tallos como racimos de coquetería natural. Luego hay cabras; cabras para comer las flores y para pisarlas. Y escopetas, para matar a las cabras de flores hechas; encastar perdigones entre jacintos y las violetas de sus vientres.

Me he inventado un roedor de las costas de China que vive para enjuagarse en los estanques. Come mariposas y algún que otro bichejo. También fuma de pipa, para atraer a las hembras. Su rutina no es complicada. Por las mañanas se desparasitan. Toda la mañana, hasta que el sol ya no hace casi sombra al los postes de teléfono; luego, como hace calor, cada uno coge un par de bolsitas de tamaño roedor cargadas con entremeses y platitos de plástico, y se les ve, solos o con compañía, yendo a sus estanques favoritos donde se quedan chapoteando hasta la noche. Está visto que a cada hora se dedican de una forma diferente a sus baños. Mientras que de mediodía, con el vapor que sale de las hierbas como si exhalasen su propio vaho templado y que levanta aquella neblina transparente, son animales activos y nadan y ríen, a medida que avanza el sol por el cielo se van cansando de sus juegos, o a caso solo sea por el influjo del atardecer que los amaina, y se les suele encontrar tumbados sobre el césped, mirando al cielo adormilados y acariciando, si es el caso, a sus parejas. Entonces participan todos de una felicidad extraña que les surge directa del alma rechoncha, de roedor, que tienen.

Platero y yo, o hablando en plata.

Oh, Dios. El mundo es horrible. Lo admito. Hasta yo necesito dispersión, alejarme de mí un rato y de las cosas que tengo cerca. Vanagloriarse de lo que uno es -de lo que uno está tan cansado-, es una forma, y no una mala forma. Me pone de humor ver que me revalorizo, que después de un día de perros (aquí estoy siendo victimista a posta porque hoy no estoy de humor, pero en general no tengo días de perros) aún existe dentro de mi yo pensante una parte que revolotea verborreica e ingeniosa y que es capaz de hacer cosas; serán textos, pero son mis textos. Que redoble algo mío en la cabeza de alguien que no sea yo, que redoble, no que cuchichee como el pensamiento de un adúltero cuando piensa en el matrimonio desde una cama que no es suya, o el de un hombre cualquiera en una hora de tantas en las que no acepta lo que se dice que es muy bajito... que redoble mi pensamiento en letras en la cabeza de alguien ya es más de lo que muchos consiguen al final de sus vidas. Y me hace sentir sup... mejor.


Nota: Platero y yo es un libro sublime -Juan Ramón Jiménez un poeta- pero no lo recomendaré. A saber quién puede llegar a leer estas líneas. No querría sentirme culpable al ver a alguien embruteciéndolo en un tren mientras hace que lee y lo rebaja a novelucha de máquina expendedora de pornografía cultural. Aunque, en serio, nunca había sentido tan vivamente un lugar como en esos capítulos.