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Tarde o temprano


Es como si estuviese crucificado y mellado de llagas al sol y me mirase y en un destello de angustia que se escapase último por mis ojos dijese que en qué me he convertido, y que ese aliento probase de descubrirse cómo, cuál fue el proceso que me giró la piel, pero sobretodo por qué tuvo que ser así.

Joder, que no se me ocurre tampoco

De todas las personas podemos aprender algo, eso me dijo una vez mi padre. La verdad es que es una chorrada, por supuesto que podemos aprender algo de cualquiera pero no pensó él en el precio que podía costar hacerlo. Hay muchas personas a las que no estoy dispuesto a sonsacar ningún secreto respecto a la vida. Pero cuando me lo dijo yo aún era un tipo un poco radical y no me conformaba solamente en haber pensado esto, lo convertía en un motivo que justificaba sobradamente mi desprecio hacia las personas a las que me viniese en gana despreciar; al fin y al cabo lo hacía porque tenían que ser perniciosas para mí. Bueno, la verdad, que es una cosa que se te aparece con el tiempo, es que no las despreciaba por lo nocivas que pudiesen ser para mi alma; las despreciaba, digamos, porque sí, y eso era sólo la excusa que me otorgaba el poder moral para hacerlo. En aquél entonces yo ya sabía que el desprecio podía ser un gran aliado en los momentos bajos de la existencia, una solución a los síntomas de cuando se te está dinamitando la autoestima o cuando dejas de soportarte. ¿Por qué deberías caerte mal si los otros son mucho peores? Yo también tenía prejuicios, como tú, ya ves. Pero fui creciendo, con más o menos suerte, que es cosa que dejo que juzguéis a vuestra discreción, y descubrí lo que significaba lo de crecer: ir luchando en el baile de choques de universos que es la vida hasta entender que todos, hasta los peores, están tan desamparados como tú, y que por lo que los desprecias es solamente la forma con que lo afrontan; eso y otras cosas es. Y mientras tanto, ir esperando el milagro que ha de venir.



No se me ocurre ningún título, así que no debe hacerle falta

Que no le importamos mucho a nadie es un hecho consumado. Yo, por suerte, al menos le importo a mi madre y a mi hermana. Ni tan sólo he tenido que hacer nada al respecto para ganármelo, y que exista un amor tan desinteresado me da un par de escalofríos cuando lo pienso. No importarle a la gente es también la mejor excusa para convertirse en cualquier cosa; para ser malvado es perfecta pero si nos quedásemos aquí solo bordearíamos el tópico y este texto sería una parodia de lo que ya todo el mundo sabe. Tú, que me lees, también te abanderas de ella para justificarte. Bueno, puede que no lo sepas. ¿Que quién seré yo para hablar de cosas así? ¿Eso te has preguntado? Si eres del tipo de subnormal que se pregunta esas cosas deja ya de leerme, aprende a darle una oportunidad al resto del mundo. Seguramente tú justificas con ello tu infelicidad crónica y tu falta de voluntad por abrir los ojos a los de los demás. Puede que no sepa de ti, incluso podría no saber de lo que hablo, pero a caso, si te dejases, podrías aprender algo de mí como yo estaría dispuesto a hacerlo de ti.

Seguimos. Que no le importamos a nadie, además de hecho consumado, es una cosa muy trágica. Es uno de los lugares donde se enraíza la pena negra aquella de Lorca. ¿Has leído algo suyo? Deberías. En el fondo, estará en consonancia con el harmónico más interno de tu alma. Por eso le llaman genio. En realidad deberías leer un poco de poesía en general. Ahora, en cuanto dejes esto. Quizá tengas cosas más importantes que hacer, pero seguramente no. Como a todo el mundo le pasa eso de serle indiferente a la mayor parte de su entorno, más o menos todo el mundo aboga por el egoísmo embustero que va lastrando su vida y medrando en su soledad; ese egoísmo que se presenta a si mismo como alternativa, o superación o enfrentamiento a un mundo hostil, y el mismo que se encasta en lo que la gente suele llamar amor, erróneamente, aunque lo persiga. Para la mayoría, cuando se dan cuenta de qué mentirosa había sido esta forma de vivir ya es demasiado tarde. Digamos que para entonces ya se ha secado su alma. Si para ti es ya demasiado tarde, cuando he dicho alma te habrá sonado a esoterismo. ¿Que soy muy drástico? Ja. Tómatelo como quieras. Ojalá te lo tomes a mal. Al menos tendrás esperanza. Pero hoy estoy jodidamente cabreado y me apetece SONAR arrogante.

Darme cuenta rabiosamente de todo esto me pasa como una o dos veces a la semana, casi siempre los lunes y los viernes. Entonces, después de ponerme triste y pasar luego por el estadio de enfado, me apetece creer que hay alguna solución. “Neruda”, me digo. “Ésa es”. Otra vez la poesía, ¿eh? Tengo mucha fe en ella. Creo, creo que es un bálsamo maravilloso. Que con ella puedes sentirte tan cerca de otra persona como lo estás de ti en tus mejores momentos, hasta llegar a estar en esa comunión poética, que es una comunión espiritual, con sus textos. Puede que no sea un comulgar sincero y que no dure siempre ni llegue cuando quieres pero que exista hace que el mundo sea menos vulgar. Y cuando llega el martes y ya me ha engullido otra vez la garganta de lo cootidiano, de la exigencia social de deshumanizarte y olvidarte de ti mismo, aún entonces queda una pequeña reminiscencia, como ascuas en el fondo del cerebro, de aquél sentimiento de no-soledad, no-incomprensión, de no estar aislado hasta de ti en tu propio cuerpo; el poso que dejó Neruda, Rimbaud, Machado o un pobre diablo desconocido pero no menos obviado por sus amigos, por sus tenderos, su casero, sus primos, su tocador, su casa y hasta sus manos. Y durante unos momentos, los que dura sentir ese calor dentro antes de seguir una conversación insulsa o una tarea que se concibió ya cansada y mezquina, me parece que la tragedia, el no importar y la indiferencia, son inventos, y que en un mundo pequeño, más humilde y menos perverso podrían dejar de ser. Mi bálsamo poético, que es una metáfora en si mismo, me punza en el corazón cada vez que me lo bebo para que cree eso, un mundo más allá de la mierda a su alrededor, y su cosmología y su génesis y su historia, que sería la verdadera y la única, llamadme cobarde, porque sólo importaría esa. ¿Habéis visto alguna película de Wong Kar-Wai? Es medio poesía y medio pantalla, pero menos optimista. Es lo que sigue a este pensamiento que os digo de crear mi Babilonia con un puñado de personas, con amores como los de mi madre y mi hermana y todos los paisajes del mundo. Es lo que sigue, que dura también un momento, antes de retomar aquella conversación insulsa, esa tarea estúpida, esa forma incoherente de hacerse cada vez más desgraciado, menos libre y menos humano.

Ahora escucha esta canción de Sabina, y esta otra de Serrat. Y luego no te olvides de leer algo de Neruda, ¿vale?







Un claxon negro y demoledor, un estruendo que se abomba hasta el latido y vuelve a latir, que asfixia

El techo del cielo infinito en todas direcciones, los silencios siempre móviles de las nubes, hilos invisibles de aire jugando a esos juegos fatuos suyos que no se ven más que con los dedos, entre los dedos, o con los vuelos del cabello… y debajo un claxon negro y demoledor, un estruendo que se abomba hasta el latido y vuelve a latir, que asfixia. Debajo, como hundidas en el subsuelo de los dioses, se comban las batallas perdidas de los ojos de occidente junto a las vidas cercenadas por la heroína, las fracciones de historia cubiertas bajo cada burka con el olor a perro muerto… Lo estúpido que es que haya veces en las que me plantee qué sentido tiene la verdad. El suelo y la arena, la palabra y las víctimas de la palabra, cada uno en nuestra propia medida. Veréis, el sinsentido alarga su sombra sobre todos los continentes y a cada persona la marca con sus signos - mezquindad, dolor, represión, miedo, odio, melancolía. En Afganistán un viejo proverbio pashtún antiquísimo significa cientos de años de violaciones, torturas, de miedo y de desamparo. Dice así: “Todas las mujeres son despreciables, incluidas tu madre y tu hermana”. Ante algo como esto no puedo ponerme objetivo, no dejo de pensar que no puede ser que lo que me avergüenza de ser humano, pashtún, es solo una convención social, que es por haberme educado en España, país, sobretodo, de tolerancia (aunque lo sea por cobardía política), o de prudencia, vaya. Es uno de esos pecados que cuelgan sobre la cabeza de toda la raza como una gran gota de sangre negra y astillada, como las torturas japonesas, los campos de concentración, los desmembramientos, ese hombre al que habían cortado las piernas en Méjico por estar en mal lugar mientras violaban a su novia, o el negro al que le amputaron las manos en un alarde de sentido del humor para que no pudiese votar. Las historias particulares tienen tanto valor y son incontablemente, son tantas… Hay montañas de brazos arrancados por ser de descendientes de su árbol genético pero ninguno de esos tendones costó menos dolor al cortarse por haber ido a formar parte de este monumento sangriento o comunidad de vidas expropiadas. También el horror de lo cotidiano es uno de esos pecados.

Creo que todos deberíamos superar a tiempo el concepto de justicia; eso es antes de sumergirnos en la sociedad. Lo de Afganistán no es injusto, eso no existe, es estúpido y es humano. Bajo cada burka hay un pedazo de historia construida por las personas, un pedazo muy pequeño forjado por las generaciones. Es siniestro que sea capaz de entender cómo se siguieron los hechos, los motivos que escribieron ese antiguo refrán pashtún, como conozco los que han expoliado a las personas su alma en occidente o como podría entender los de Hitler si me lo propusiese. Ningunos tienen sentido. La historia, conformada de infinitos pedazos de vidas humanas, es como una rueda desbocada a la que todos tenemos que someternos desde el día en que nos echan al mundo. Una rueda de incoherencia y desamparo que nos arrastra con su retumbar y que da mucho miedo.