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John Wilkins (I)


El de John Wilkins es un nombre que me suena. Si tuvo que ser el de alguien, se trataría -sin duda- de algún escritor americano de aquellos que preferían bajar el Misisipi a estrenar un automóvil Ford por las calles de LA pero al que seguro que faltaba tiempo para lo primero y tenía obligación de lo segundo dos veces al año.  Bueno, o pudiese haber sido inglés, el tal John Wilkins, podría ser, y la confusión radicaría en si los abuelos de John migraron al nuevo continente o no. Escritor era seguro. Claro que si fuese inglés nunca se habría planteado bajar por el Támesis en barca. Sin el equipo apropiado, y sin haber requerido el formulario y esperado a su turno, y seguramente sin haber pagado antes... uuuu, eso no existe. Y toda la aventura sufragada a los designios del técnico en salubridad de agua del Támesis, que es un río bastante sucio. No es que John no pudiese navegar por ahí de ninguna manera, pero las instituciones saben tan bien como él lo trabajoso que es todo el tema de la burocracia, y carreoso el del dinero, y bien puto el del cáncer y la intoxicación por metales pesados, que le cuesta un montón al estado del bienestar. En lugar de eso, si fuese inglés nuestro amigo, tendría que haber acompasado su vida a los crujidos del fuego del hogar en una calle que se llamase noséqué road, sin exigirle mucho al mundo de fuera en lo que a originalidad y emoción respecta, conformado él con que la estabilidad y el sosiego que le transmitía el cric cric del fuego trascendiesen los muros de la casa y estuviese bien institucionalizado en las calles, que son las arterias de la sociedad. Pero pobre nombre de John Wilkins, lo mal que está siendo  tratando, tantas suposiciones y prejuicios. Y tú, que si no lo leyeses sería esto una ofensa muy menor y transitoria, completamente olvidable, de las que se pasan por alto. Ay, querido y ofensivo lector, fíjate en que ahora tanto tú como yo podríamos fácilmente desambiguar el origen del término, de John Wilkins y reventar su misterio, que ya empieza a recordarme a nombre de maquinilla de afeitar, por cierto, con una visita rápida, incluso furtiva a la wikipedia, compendio de conocimiento humano (una gran memoria colectiva en formato chip-set, compendio pues de memorias, un nuevo tránsito para la humanidad se diría, no explicaré por qué para que lo pienses tú). Seguro que los recuerdos de John Wilkins están ahí indexados, solo que en artículos que no llevan su nombre y que se comparten también con los tuyos. Podríamos, pues visitar la wikipedia y reconstruir la historia de tan singular nombre. Pero de la misma forma tú y yo sabemos también lo triste que sería elegir ese final para un relato, porque así acabaría agotado todo el interés creado, y creado a partir de un nombre que evoca a espuma de afeitar; y aún con ello un relato que ha empezado con un nombre cualquiera, un argumento hueco, pero que aún ha mantenido la fuerza estas pocas líneas hasta ahora contra todo pronóstico. Qué gran texto. Pero dejándonos de vanidades la cuestión es no decepcionarle a usted. ¿Qué diría John Wilkins si lo hiciera? Un deber concederle  a usted la originalidad que nadie hubiese sospechado al empezar a escalar las alturas del texto allí cuando presentaba a John hace dos minutos y le engañaba, usted no sabía que lo que estaba haciendo era escalar hacia panoramas más elevados de la existencia humana. Su propia imaginación... ejem. Por lo que no vamos a visitar la wikipedia, ni yo ni usted. Es un trato. En cambio vamos a seguir esta pantomima, hablando de nuestro imaginario señor Wilkins y sus transformaciones hasta que nos creamos y demos fe de que un ser tan complicado, tan maravilloso, con una historia tan humana como la nuestra (que ya verá que será dramáticamente parecida a la suya -tan limitado es el hombre en su infinidad-) que no puede no haber existido, que a caso lo que pase es que no está documentado su nacimiento pero no hay duda de que eso ocurrió, ha sido su fantasma en paranormalmente inaudible lenguaje quien nos ha susurrado al oído su historia.

Herbert

Aunque nadie le reía las gracias Herbert era un tío respetable, así que todos lo respetaban y para él eso tenía el doble del mérito, o no, el triple porque Herbert estaba jodidamente arruinado en estado crónico y no tenía una sola perra en los bolsillos, ya ni hablar de sus cuentas en el banco; de eso probablemente no había tenido jamás. Hay quien incluso podría pensar (porque hay gente para todo) que ni tan siquiera tenía la cabeza preparada para entender el concepto de darle el dinero a una banda de ladrones con gomina por el pelo, puros entre los dientes, corbatas colgadas de la nuez y grasa en la tripa para mantenerlo a buen recaudo y rentabilizarlo y que por lo tanto, si ganaba alguna vez la lotería se le iba a ver yendo por la acera con un par de bolsas de basura negras cargadas a la espalda siempre detrás suyo. Y aunque eso de primeras pueda parecer un problema secundario, ocurre que Herbert jugaba mucho a la lotería. Jugaba tanto que un ciego que se ponía en una callecita del centro le hacía descuento en cupones, que no es moco de pavo porque el descuento era dinero que salía de su bolsillo y, bueno, algún día tendría que retribuirle el sistema. Si los que juegan a la lotería no la ganasen de vez en cuando nadie jugaría, ¿no? O al menos recuperasen lo puesto. Y así, algún día su falta de visión para el asunto de la moneda moderna, que es de ¿plástico? iba a convertirse en todo un problema, en todo un contenedor de problemas, aunque fuese solamente al recuperar lo invertido durante generaciones y generaciones de pelo -que primero fue negro, luego tuvo canas y al final se convenció en un tono completamente castaño pero que siempre, del color que fuese, iba a acabar echado en la misma y mitológica papelera de la misma y legendaria barbería de una callecita del centro, en el lado opuesto a la parada del ciego que regalaba pequeñas fracciones de esperanza-. Pero maldito dinero. Herbert no lo pensaba así exactamente, lo pensaba con una cancioncita pegadiza de dos veranos atrás, pero lo pensaba. Bueno. Herbert no era un genio, pero era un tío respetable, respetable aunque pobre como una rata chica. Es una pena esto de su muerte. La verdad es que era un buen hombre, eso es importante, y hacía más cosas que jugar a la lotería y cortarse el pelo, pero no quiero alargarme mucho o voy a conseguir que empecéis a odiarle ahora que ya está muerto y ya no tendría demasiado sentido. También está lo del sepelio humilde, como hubiese sido deseo suyo y preocupación de otro, señor tal, al que aprovecho por agradecer el interés en dar algún reposo a los huesos de uno de sus mejores y más queridos clientes y que era, según sus mismas palabras "un buen amigo que le animaba en las temporadas bajas del negocio, que siempre tenía varias horas para pararse a hacer compañía a alguien con una ocupación tan solitaria como la mía -refiriéndose a la suya-, junto al cual la gente suele pasar sin darse cuenta ni un momento de que existe a no ser que se esté acercado Navidad".

Y... Bueno. Qué más decir. Descansa en paz, Herb. Te echaremos de menos en el mundo de la sangre corriendo por las venas. Tú ya la tendrás disecada, como un gran coágulo con la forma de tu sistema circulatorio, vasos y capilares incluidos. Ve con cuidado de que no te la vaya a robar un artista modernillo de esos con ansias de sexo y trascendencia para una de sus esculturas de arte contemporáneo.

Nos vemos, amigo.

In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti.

Amén.