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Nocturno

Había subido un poema que se llamaba así. Pero cada vez son peores y éste ya no había por dónde se aguantase.

Me siento muy mal... últimamente los estaba forzando a salir, por resistencia y para seguir creyendo, con las pruebas en las manos, que tenía algo bonito que ofrecer. Mientras los escribía tenía la sensación recurrente de que me estaba dejando vencer por la explicitud. Se notaba demasiado su naturaleza quejadumbrosa y los del final son casi exclusivamente peticiones de auxilio. Supongo que el post es la consecuencia natural de esta progresión.

En fin. A tomar por culo.

Blablabla

Hace un montón de tiempo que no llueve de veras en Barcelona. Es cierto. A veces se forma una neblina acuosa hecha de porciones ridículas de gotas de agua a la que no negaré cierto encanto urbano, dentro de lo modestamente encantador que se puede ser en ese ámbito, pero desde que estoy aquí a penas recuerdo media vez de aquellas en que la ciudad se purifica por fin y al abrir las ventanas huele a mojado y en la habitación entra la nostalgia. Claro que no tengo ventana en mi habitación. Bueno, seguiría estando bien aunque no tenga ventana. Yo qué sé. En mi otra ciudad sí llovía de vez en cuando, y no está tan lejos. Era un gran revulsivo poético. Que no lo haga aquí, donde o solo escribo mierda o soy tan intransigente conmigo, no parece en el fondo –más allá de la falacia lógica, quiero decir- casual. Claro que no escribía por la lluvia pero en cierto modo sí escribía con ella (a propósito, ¿a que las cursivas las lees como con una entonación mental diferente?; a mí me molan mucho, tienen mucha significancia). En un mundo donde llueve la poesía es natural, un elemento más del universo, bonita por su neutralidad como neutral es el resto de cosas. Bellamente neutral como la conciencia de formar nosotros mismos parte de esa quietud dinámica o inmovilidad mágica, de esa vinculación o identificación, nada ascética porque está hinchada de emoción pura –emoción neutra-, con el resto de cosas. Puede que las gotas de lluvia que tendrían que caer sobre Barcelona se astillen progresivamente durante la caída en contacto con la contaminación y así vayan desgranándose hasta las incontables protocoléculas que son la neblina de que os hablaba antes. Y otra cosa, JAJA. Pero por Dios, vaya gilipollez, ¿verdad? Y es incluso más gracioso porque, ¿no os lo decía yo lo de la intransigencia? Sí que lo he hecho, ha sido casi a la vez que lo de introducir el concepto de la neblina. Más gracioso porque así el texto queda como compacto, ¿no es cierto?, autorreferente, tautológico, esférico, y da risa de esa de estimulación intelectual. En ese sentido no es tanto risa como orgasmo de las neuronas, como cuando entiendes un chiste un poco rebuscado, pero es algo que se tiende a confundir mucho con la gracia –a caso porque este que he puesto, el del chiste, es el ejemplo paradigmático-. Para mí son cosas completamente distintas, no tienen nada que ver. Cuando algo es gracioso no necesitas tener la autoestima alta para reírte y en cambio este texto, estoy seguro, repatearía a gente con poca autoestima que lo encontraría pedante y tal. Seguro que dirían eso de que es pedante y luego que hay muchos paréntesis para su gusto –por eso pongo guiones en su lugar, para joder a esos, una pequeña venganza, una vengancilla-. Seguro que incluso me criticarían por hacer demasiadas repeticiones.

Ah, lector… Te estarás preguntando para qué llevas estos dos minutos y medio leyendo si el escrito ya va por la mitad y aún no hecho siquiera ademán de ir a seguir un hilo coherente. No te culpo. Lo que me pasa en realidad es que acabo de volver de la facultad y me ha parecido momento de desempolvar el procesador de textos y las rugosidades de mi mente porque ya hace un año y pico que me olvidé de mis prioridades, que eran indudablemente artísticas y que habían surgido ellas solas, y da pena. Y como está lloviendo un poco afuera y la lluvia fue motivo de texto en su momento y, por lo tanto, lleva consigo cierto predisponerme, me ha servido de excusa para empezar. Se diría que ha hecho funciones de plumero. Es difícil saber de qué hablar al principio, cuando empiezas a hablar, pero si te das un rato empiezan a venirte cosas importantes a la boca. Confío que pase también ahora, si no voy a parecerte un peñazo, como persona y como entrada de blog. Aunque últimamente estoy de hecho bastante peñazo. La gente que me quiere lo entiende, claro. Como esto lo leerá prácticamente en exclusiva gente que me quiere no me importa admitirlo, pero si no como para hacerlo, ¿eh? Como para decir la verdad de lo que siento sobre mí mismo y que los demás la escuchen y me vayan a tener en peor consideración por culpa nada más que mía. No saber que no se puede hablar de cosas importantes para uno porque eso te presenta como alguien débil -ya que te presenta como alguien humano y los humanos tienen debilidades (algunas preciosas)- y que es mejor pretender ser algo que no eres, ahogando tus inquietudes -antes de continuar me gustaría señalar que la última cursiva no es demasiado justificable-. No sé dónde leí que no deberíamos actuar como si no fuésemos nosotros mismos por miedo a no ser aceptados al hacerlo; pretendemos entonces ser peores personas, más agresivas o más sumisas, mentirosas de su propia naturaleza, y siendo así somos, indeed, aceptados. ¿Por qué si siendo peores de los que en realidad somos conseguimos la ansiada aceptación nos preocupa no conseguirla al dar ese paso radiante al nosotros mismos? Esto suena a cosa de Herman Hesse, ¿verdad? pero no estoy seguro. Bueno, quizá sí. Quizá lo decía Demian. Sí, definitivamente lo decía él. Bueno, sea como sea se trataba de una pregunta retórica claramente, pero después de haber tenido en mi propia vida un amplio caldo de cultivo sobre el que experimentar, supongo que tanto como cualquier otra persona en la suya, creo que encontraría varios puntos oscuros sobre los que discutir la supuesta evidencia de la respuesta. Otra pregunta retórica sería la siguiente. ¿Si la gente mala consigue cosas buenas para si, es tan malo ser malo? Quiero decir, que se podría pensar que lo de empeorarse un-poco-conscientemente rebajando la propia categoría podría responder a la conveniencia social de no ser bueno. Aunque ambos términos, bueno y malo, sean tan laxos, creo que al menos como duda, y respaldada empíricamente (¿tanta gente es tan tonta de rebajarse para convivir con otra gente?), vale. Lo que no habíamos tenido en cuenta ni tú, lector, ni yo, es que Herman Hesse murió en Suiza hace ya bastantes años -de un derrame cerebral, o un infarte cerebral, no sé si es lo mismo pero si no, lo segundo; y lo hizo tranquilo en su casa, era definitivamente un pensador-. Bueno, en resumen, que no me gusta lo que se entiende por pasar un rato distendido con alguien aquí en Barcelona. Al final nos pasamos el día caminando por la superficie de la vida sin ver la tercera dimensión, día tras día –del coño a la tumba sin rozar siquiera el horror de la vida, decía pesimistamente Bukowski-. Y como no llueve (,) a penas me voy acordando. A ver si lo hace ya. La atmósfera de esta ciudad está muy cargada de mierda. Es pegajosa y me está matando.


Diálisis III: miedo

Hace un tiempo aprendí que hablar de dinámica social era casi siempre mala idea. Pronto la conversación se convertía en excusa de algunos de mis errores. “El mundo”, decía. “El mundo”. Y culpa del mundo eran mis mierdas. Es mejor no predisponerse para culpar a otros de tus males; incluso si tienes razón el berrinche no servirá para nada útil. A ti te apantallará de ti mismo y en quien te está escuchando incentivarás exactamente la misma cosa, y suerte si no coincide con tu análisis porque de hacerlo ambos saldréis de escena habiendo recorrido un poco más de distancia en el camino de la involución, ¡y congratulándoos! Siendo consciente de esto voy a escribir algo que puede recordar a esas veces en que un tipo evangeliza al resto con su verdades. Te aviso, lector, para que no caigas en la trampa fácil que hace que la gente se olvide de que es responsable de sus actos (no el mundo) y de que son suyos; no hay fórmulas secretas ni criterio de comparación. No se puede vivir a través de otra persona. De ellas te inspiras pero cada cual tiene que pensar por si mismo sus mierdas y sufrir hasta atravesar su sufrimiento. No harán el trabajo por ti. También eso es bonito, pero es belleza de una naturaleza a la que (esto sí es una tragedia) no estamos muy acostumbrados.

"La gente" vive tradicionalmente en unos universos de amargura que se procuran ellos mismos. Curiosamente el 90% de quien lea esto estará de acuerdo con lo que digo y no se incluirá en el grupo. Bueno, sigo. Creo también que esos universos se crean a través del miedo, o más, son figuras suyas. Aunque quizá sea mucho decir lo de que son ellos mismos los que se los preparan porque parece significar que lo hacen con plena consciencia de causa (cuando no es así), pero lo que sí está en sus manos es cambiarlo; se trata solamente de voluntad, tras rodearse de las cosas y las personas apropiadas para reunirla, pero el motor es uno mismo. Toda esa gente se reúne en sociedad y siendo mayoría éstas logran a través del miedo, por ejemplo, hacer perra a la vida, cruel al mundo y a las personas cosas complicadísimas (¡como si se tratasen de problemas! Qué locura); me gustaría hacerle entender a toda esa gente que es el sustrato en que se ha edificado tamaño edificio de la falta de cordura que las cosas son en gran medida como las trata su subconsciente. Así, la vida puede dejar de ser perra para ser milagrosa, el mundo aquello que evita que mueras de inanición y las personas fascinantes en su infinitud. Pero todo esto no tendría que escribirlo (sería una charla sobre dinámica social) si el miedo no fuese contagioso; en general el ánimo lo es y si el hegemónico en la calle es este estado de sitio que tan gravemente traté en su momento (http://rayhaller.blogspot.com/2009/05/sin-titulo.html), el asunto te acaba minando sí o sí. Las instituciones, desde la familia al estado, se limitan a regular el flujo de gente de las calles y, claro, son consecuentes con todo este asunto del miedo; necesariamente estarán empapadas de él. Bueno, a estas alturas ya debes saber por dónde voy, ¿verdad? Así que atajo hasta el final de la disquisición: el miedo, pues, es uno de los pilares que estructuran a occidente y como occidental estoy expuesto a ir dejándome convencer de que las cosas son tan horribles como las pintan, especialmente en momentos de debilidad y perdidismo en los que ansíe furiosamente respuestas de una vez, pronto, aunque sean malas respuestas y tengan que enjaularme en ese universo de amargura con que empieza el parágrafo.

He tenido miedo por mi futuro últimamente, por lo que voy a ser, lo que va a ser de mi vida. Ha sido la primera vez (es por la edad). Es un peso enorme de por si, pero a mí debe haberme lacerado aún más. Todo esto me ha estado pareciendo completamente surrealista, yo, digo, metido en eso. Hace un par de años era impensable, entonces yo era el mejor experto del mundo en sofisticar mi alma, evitaba cualquier cosa que lastrara mi impulso a ser cada vez más hondo, haciendo del realizar mi espíritu una forma de vida. Bajo la perspectiva que se tiene de las cosas en periodos de algidez interior como aquél las presiones que tenía ahora a mi alrededor, cada cual en su dirección, para que elijiese algo definitivo, algo con garantías, algo que me convierta en Alguien cuando con Alguien quieren decir lo que ellos querrían ser (casi siempre erróneamente) y no pudieron, eran simplemente una trivialidad que no me merecía y que estaban destinadas a sufrir las grandes mayorías incapaces de estar en contacto con lo que sí importa. Así que no solo he tenido que cargar el peso de enfrentarme a la deshumanización que se pretende para mí desde casi todas las esferas que hay en mi entorno, sino que me he enfrentado a ello sabiendo que era eso lo que estaba en juego mientras que aún, por estar en esta situación, era traidor de quien fui en el pasado y que nunca querría haberse visto envuelto en algo tan envilecedor; él no lo habría soportado y efectivamente no lo soporté. Por suerte eso no era el fin del mundo como pensaba sino el principio de muchos otros nuevos. Y esta fue una de las afecciones pero el miedo medró también en otras regiones de mi vida, obrando en ellas su zanja particular. He temido no ser suficiente sin tan solo saber para qué tenía que serlo. También me he hecho consciente de la muerte de una forma a la que aún no me había acercado, la de sentirla próxima. Por este miedo generalizado he tenido la sensación de ser terriblemente endeble como entidad física. Me puedo romper en cualquier momento. Por las noches me ha invadido un terror tal que he pensado que no lo sobreviviría. Últimamente ha sido una vorágine de miedos hacia cosas inconcretas y, en cualquier caso, futuras, lo que pueda pasar. En definitiva me he alejado mucho de quien soy con tantas preocupaciones por lo que debo ser (en principio ser para mí, el discurso es ese, pero en realidad se trata de ser para los demás). Probablemente este haya sido el gran error que tenía que limpiar de mis venas. ¡Solo se trataba de no tener miedo! Visto así no era tan complicado, pero el propio miedo, claro, me ha hecho demorar el tener valor. Es un gran paso. Ahora puedo confiar en la vida, es fácil y es natural. En mí ya confiaba. Y con esto me he liberado inmediatamente, vuelvo a tener ganas de sentir y de pensar, de vivir y de explorar mi potencialidad. Ya era hora. Llevo meses durmiendo 12 horas al día por reticencia a despertar y encontrarme con mi existencia; por dios, si estaba medio muerto. 

Al fin se descubre que el miedo era cosa infantil.

Ánimo

El día a día...

...me sirve para acariciarte el clítoris

Diálisis II: bondad, debilidad y un poco el ser humano

Una de las cosas más agresivas que han venido a encontrarme en este tiempo ha sido lo de que no le importamos muchos a nadie. Supongo que forma parte de la fase de la vida en que dejas a tu casa y a tu familia, si tu casa y tu familia han sido afables y te han querido en su sino. Paso madurativo doloroso pero necesario; aún ahora que ya lo he verbalizado, haciéndolo patente en mi imaginario, sigo notando un núcleo de resistencia dentro de mí a la aceptación de algo tan triste. A esa parte de mí se le antoja una resignación. Por supuesto que se trata de un fragmento emotivo de mi preconsciente, para una mente preclara y lógica saltaba a la vista desde el primer contacto con la acera de la calle, y es por eso mismo que se retuerce de lástima y patalea, porque como es, está más en contacto con esa especie de consciencia universal, y antes que ella humana, y sabe mal aceptar la vergüenza. En respuesta me he fanatizado en el ser una buena persona, que aunque burdo intento compensatorio, al menos me va sirviendo a mí para no despreciarme. Y en hacer eso súbitamente me apareció la revelación de que les faltaba la culpa a los seres malévolos que piensan locuras en los trenes, cómo destituir a su compañero de trabajo en los ascensores y que discuten por 40 euros con su amigo de toda la vida. Es el mundo que ellos mismos conforman el que impide con tantos medios como tiene, con casi siete mil millones de medios, la bondad. La gente buena se hace poco competitiva, se les confunde con seres débiles y por ley natural se persiguen unos y otros esfuerzos por someterles, por aprovecharse ante su predisposición al sometimiento (que no es eso); como los indios, son colonizados y, después, occidentalizados. De estas cosas, ya que valían, sublimé en unos cuantos posts que fechan de no hace tanto, cuando hacia adentro culminaba mi mirada sobrecogida al terror. (http://rayhaller.blogspot.com/2010/07/y-ademas-lo-de-tener-que-envejecer-en.html , http://rayhaller.blogspot.com/2009/10/no-se-me-ocurre-ningun-titulo-asi-que.html) Y un día, en ello, encontré las facciones del miedo negro que me amedrentaba noche y noche a la hora del lobo, que era miedo de mí, de mi propia potencialidad... De las cosas horribles que estaban engarzadas en mi alma esperando a desenvolver su crisálida y dejar de ser fetos.

Si de todo este tiempo tuviese que elegirse un estado de ánimo con el que señalarme, uno recurrente y descriptivo, se diría que llevaba mis días, que los llevo aún, con las muletas del cansancio. Es triste lo que se ve en la superficie. Ya Bergman nos enseñó que los estados de ánimo no son definitorios, ni es justo utilizarlos contra una persona; porque no es cansancio, pero es la forma fácil de ignorarme a mí que estoy debajo de la capa de la piel, de quitarse los problemas de encima (sea yo o otro quien se los quita) y hacer convivencia de pura utilidad con todo esto que me está pasando dentro, todo lo que soy. Hete aquí otra tragedia del mundo moderno, que se nos increpa a simplificar las personas hasta el absurdo de la deshumanización y la etiqueta. Incluso yo llego a excusarme de las cosas diciendo que estoy cansado. Cómo me gustaría que cada vez que lo hago quien lo escucha o quien lo lee intuyese por lo menos el mundo oculto y complejo que se despliega tras cada una de las letras que tiene la palabra. Que tras la c se articula el trauma horroroso de vivir en cubículos como los chimpancés locos del zoo que cuando se han hecho mayores aprenden por necesidad a desquitarse lanzando excremento a las familias simpáticas que los visitan; que en la primera a ha medrado la alucinación de ver personas y personas repitiendo las mismas cadenas de desgracias que vivieron sus padres, y antes su abuelos, y antes, y antes, anclándose en ellas, ordenando su vida alrededor de esos cadáveres, incapaces todos de reaccionar ante la exhumación e incapaces también de no transmitirlos a sus propios hijos, de no manchar con ello, en definitiva, la salud mental de la humanidad, y etcétera. Y que entre unas y otras hay entresijos urdidos, caminos casi metafísicos pero muy reales que las juntan, que difuminan sus fronteras.


Cuarto número de LZNSL

No mantengo a nadie muy al corriente de esta cosa, como gusta ella de ser llamada cariñosamente. Tampoco era cuestión de darle mucho bombo y así no nos pervertíamos. Pero yo os dejo aquí el link además de las referencias que he infiltrado en las tres líneas que acabas de leer -curiosos sujetos tenía esta frase, ¿verdad? Han pasado muchas cosas en muy poco espacio; es maravilloso, menudo post, y a esta hora de la mañana. Inusitado.

Los zombis no saben leer 

Diálisis I: poesía, belleza, (des)esperanza



Muchas cosas han pasado desde que empecé este blog. Bueno. En el relativo infrauniverso que es la historia de mi vida y los cambios que se van procesando en mi personalidad. El primer post que escribí (podéis mirarlo, es éste: http://rayhaller.blogspot.com/2009/01/platero-y-yo-o-hablando-en-plata.html) decía bastante claramente, un poco entre toda esa verborrea que él mismo señala, que iba a escribir para levantarme la moral y luego, al final, elevaba a Juan Ramón Jiménez al cielo de los entes literarios catapultándolo, la calvota por delante y dando gritos mientras atravesaba insospechadas nubes en su vuelo. Sobre él descubriría más adelante que pasaba horas muertas del día achuchando violentamente a su mujer y que eran sus manos manchadas las que luego  de aquello sudaban sus oh,-maravillosos-poemas.  Claro que quién seré yo para juzgar, pero desde ese día se invirtió en mí (lo digo así porque yo no tuve nada que ver) la concepción de la poesía, que pasó de se un acto enorme de rebeldía y complejidad espiritual a traducir en palabras la cobardía de un autor (con contaditas excepciones) cuyo terror y cuyo pene pequeño y cuyos demás traumas hacen que se vaya a tapar con la gris manta del academicismo como  un niño acechado por el miedo a la oscuridad se hace un capullo de oruga con el edredón. Sobre lo otro, lo de levantarme la moral, basta decir que el día en que escribía eso lo más importante era parecer que iba sobrado en general, como de vuelta ya, y no si para conseguirlo recurría al socorrido método de “soltar gilipolleces”. ¿Paradoja? Depende el público. Tampoco seré muy duro conmigo mismo por eso. Al fin y al cabo no sabía nada aún sobre la manta académica de J.J. y hasta lo admiraba por haber parido tanta belleza.

De aquella época tengo un recuerdo bastante vívido, yo, que tiendo a difuminar y a quitarle valor a la memoria, como hacemos todos con las cosas que no se nos dan bien (¿o no será al revés, que no se nos dan bien porque les quitamos valor?). Hacía poco que había vuelto de un viaje de dos meses en Senegal que me había curtido o ensuciado, según se mire, como cualquier viaje. De eso trata al final este post de dos años más tarde, del curtirse o ensuciarse que es crecer; porque después de todo lo pasado desde que empecé el blog no dejo de sentirme un traidor algunas veces con el yo que fui, aunque sepa los procesos que he seguido y la necesidad que ha habido de tomarlos en este camino hacia ninguna parte, donde no hay cosas especialmente importantes y la nada nos aprisiona tintando una inconsistencia de fondo en cualquier cosa que hagamos o seamos, A.K.A vida. Antes me sentía puro y original, un producto de mi propia alma. Dentro de las tinieblas de debajo de la manta, el exterior –la habitación, metáfora del mundo- se antojaba mucho más luminoso. Creo que la definición que demos en cada momento de nuestra historia sobre lo que es la vida es bastante orientativa de lo que somos, el regusto que tienen nuestros actos y nuestros pensamientos. Al principio del blog, de haberla escrito, habría habido mucho menos de Camus y mucho más de esperanza. Y a veces lo he intentando, lo de recuperarme un poco como era entonces, aunque consciente esta vez de que era mentira. Revivir de una manera crepuscular y atemporal, porque era un sueño bonito Oscar Wilde, Lorca y Bécquer. Pero uno acaba rendido a una evidencia que postra trágicamente ante lo cotidiano, imagen demasiado visceral, nada poética. El día a día de mundo descarnado. ¡Y por mucho que lo intentes! Fue el golpe de gracia a la generación del 98 y la del 27. Mi propia guerra mundial, con un solo amigo –y mi perro-. (http://talentodevivir.blogspot.com/2009/08/arthur-rimbaud.html)

El cine. Como siempre me ha gustado el arte y el cine es un arte complejísimo del que disfrutar (¡incluso acompañado!) en el sillón y con aire acondicionado cuando fuera de la película espera un universo hostil, siempre ha habido películas y directores en mi vida. Al principio del blog estaba Bergman de cabecera. Cuánto me gustaba. Bergman era mi fe en la humanidad. En cierto modo aún lo es porque sigo siendo tan incapaz como entonces de decir nada más sobre él que que me colapsó de emoción. Aún no tengo palabras y ante lo que me explica me sigo sintiendo un niño pequeño que enfrenta con ganas y espíritu de descubrimiento y se maravilla ante todo. Lo que pasa es que cuando acaba la película me siento habiendo admirado otra humanidad posible, sincera consigo misma, a través de un ojal. Lo que Bergman me enseñaba -las alturas del ser humano- es convertido o insultado en un cuento por el mundo que me rodea, que está obstinado en dar continuidad a su estupidez y margina a Kierkegaard y a Strindberg y prefiere valerse de teorías científicas para equipar al ser humano contra el horror de la existencia. Barcelona es un manicomio por cosas como estas. El hombre no estaría a la altura del barro si la humanidad no se hubiese convencido de que lo está.


Ya me he cansado un poco de tanto yo. Seguiré otra mañana como esta. En los siguientes capítulos la ciencia, el subjetivismo, el tedio de pensar, los otros y cómo se infieren a ellos mismos en tu vida para transmitirte sus  problemas psicológicos, el no le importamos muchos a nadie, la psicosis mundial, el amor y otras cosas que se me ocurran.

Cuánto me gustaría estar contigo fuera de los lugares habituales nuestros que tan poco sacian las ganas de vivir. Es como estar en el fondo del mar. Estos... estos sitios comunes, estos minúsculos retratos del mundo en los que vivimos no me dan coba y siento que juego solo en una cancha a oscuras y vacía, y claro, sin ganas. No es culpa de nadie pero qué fuerza me da pensarte un rato más allá de las fronteras que envuelven nuestro día a día, cuánto más sabría un te quiero fuera de aquí. De veras es como estar preso, qué poca cosa hay en esto que tengo a mano, en las paredes de mi casa, en mis calles, en mi ridícula ciudad; y cuantas cosas tiene que haber fuera. Quizá en otro tiempo serán nuestras. Recemos por ello, juntemos los cuerpos, y heemos. ¿Qué otra cosa queda que el amor, en tiempos del cólera?

Sin título

El ruido de la balanzas comba las nubes. Un estupor general ante todo nació hilvanado a cada porción del universo y también a cada porción de porción de Él. Y un señuelo eléctrico cavado dentro del cuerpo como trincheras de Aquél espera su momento de atención mientras suena color de prisma la caja de música que es, señalando.

Ya mis musas han dejado de ser soñadas y no me visitan nostálgicas cuando voy a dormir, imágenes de aire sosegado que huyen como auroras entre los dedos cuando quieres alcanzarlas, y las toco y las abrazo y no dejan de serlo por tocarlas y abrazarlas pero navegan aún dentro de mí, como antes, aunque no de la misma forma, recorriendo los ríos eléctricos de mi alma - y la tuya; y ahora cuando duermo, como ya se han condensado esos sueños niños en material, en carne y hueso, en adoración y en gotitas de semen, lo que aparece no es ya un mundo antiguo con aroma de bohemia que al no tener lugar en la historia, por mágico y caprichoso vino a residir en mi fantasía ni se pueblan mis sueños de fanales de aceite, candiles de una noche demasiado blanda para haber existido.

Ha sido un golpe extraño (aunque un golpe) haber tocado el cielo de la realidad de mi propia vida – traducir en día a día mis memorias de ultratumba, enamorarme de verdad, sentir que el suero del mundo estaba diluido en invierno y no daba para envolverte y nadar dentro de él, que sería cálido como en una placenta para tu propia virtud, como si se tratase, el mundo, de la postrera madre a la que importarías por el sólo hecho de ser su retoño; e importarías siempre, per se, te amaría por dentro, bailarías en ella con ella, nunca destetado. Pero aun con la musa al lado no veo transmutar los sabores más allá de nuestra conjunta alma. La piedra sigue sabiendo a hierro, el hierro a sangre y la sangre a piedra, y el universo sigue mostrándose a si mismo como un misterio tan inefable que cuando intentas describir cuán grande es este “tan” explotan las palabras y se borran del texto; a su lado el significado deja de tener significado, tan inabarcable es, y las personas dejan de existir. Y supongo que se trata de un miedo pueril, eso es lo que diría un sabio o un budista, pero yo le temo a la indiferencia ésta de las cosas... De niño sentía escalofríos al pensar que si me hubiesen matado en aquél momento con la televisión encendida la mujer del telediario no hubiese interrumpido su discurso para mirar aterrorizada a todos los espectadores de España.

Y nadar, sobretodo nadar, en comunión con Él - intrínsecamente descubierto.

No fue una aventura. Fue como salir de una pecera: Senegal (I)

La ventana del comedor donde dormía no se podía cerrar. Por fuera -daba a la calle- estaba enrejada con unos barrotes de metal pintados del blanco del muro, y en ellos se sabía leer la desgana del pintor que la había esculpido para la posteridad con los trazos de pincel perfectamente diferenciados en casi todos los trozos donde no se había aglutinó la pintura en una gota redonda y amarilla. Estaban curvados en formas suaves, haciando círculos y ondas, lo suficiente como para no hacer sentirse recluídos a los de dentro que más bien se intuían refugiados en un lugar amigo pero demasiado próximo a la acción como para ser realmente seguro. Esa sensación de perpetua inseguridad -o diría más bien de perpetua exposición- a la que al principio no supe habituarme pero que luego se me hizo indispensable (cuando el límite entre yo y el mundo era tan fino que que me separasen de él me hacía prisionero) es uno de mis recuerdos más encarnizados de Senegal, por vivo y por sensación nueva e insospechada y porque hizo de mí un ser que no reconocía (tal fue su influencia). Por dentro la ventana tenía un pórtico verde de madera rajado en listones y los listones estaban inclinados unos sobre otros para que pasara el aire y resguardase la intimidad (más o menos) a la vez, y sus bisagras tenían la costumbre de no saber estarse quietas. Para cerrarlo por la noche cuando hacía frío había que trabarla con los cojines del sofá que tenía al pie. Entre los dos parapetos había una reja mosquitera pero podía haber no estado. Los mosquitos se colaban de una o de otra, ya por la puerta que daba al patio interior, la de la cocina o los agujeros de la reja, y de ahí visitaban bombilla tras bombilla todas las estancias campando a sus anchas hasta que me daba por coger el raid. El único sitio de la casa que tenían vetado era la habitación-dormitorio porque se guardaba celo en mantenerla herméticamente cerrada. Tenía la puerta cerrada todo el día y su mosquitera estaba bien pegada al marco de su ventana, ésta que daba al patio interior (de forma que ahí sí podía sentirse uno como en un lugar privado).

Cada mañana, a eso de las ocho, llegaba a la casa una señorita adorable, algo mayor. Era libanesa y había estado viviendo en Senegal desde siempre; ahora trabajaba de contable pero debía haber tenido otras tantas ocupaciones. La primera vez que la vi, lo recuerdo, estaba salteando con mucha pericia los baches de la acera de una de esas calles cualquiera llenas de tráfico, de coches parados, de negros vendiendo cosas a los coches parados, de negros yendo a algún sitio, de negros sentados a pasar el día... ella era un elemento muy curioso en toda la escena, y además acababa de llegar. Me dijeron que era la que se encargaba de hacer los números entonces pero estaba muy atareado viendo cosas y no le di importancia; además, me lo dijeron cuando ya había pasado de largo. Desde el primer lunes mis días empezaron con ella que tenía el despacho en el mismo comedor que yo había ocupado, del que me había procurado un sofá y que hacía a su vez otras tantas funciones. Era el recibidor, y la sala de reuniones, y las comidas se hacían allí.; más que comedor era una sala polifacética. Ella llegaba cuando aún no venía mucho barullo de las calles circundantes y la ciudad estaba a medio despertar -se le veían las legañas-, más o menos igual que yo, que me debatía entre el sueño y la vigilia muy contra mi voluntad porque me ya había venido a ver el perro a olerme la cara o porque ya me había cansado de que los chillidos de esos pájaros verdes tan cargantes se hubiesen introducido sin invitación en mis peripecias oníricas, o porque se le había caído algo a la chica que se encargaba de limpiar -cocinar, hacer la compra, poner y quitar la mesa, lavar la ropa y mil cosas más, y que además dormía en la casa (en mi comedor, aunque ella dormía sobre un colchón estirado en el suelo que retiraba cada mañana y no sobre un sofá especializado en destrozar espaldas) todos los días de la semana excepto el sábado y el domingo-. Y aunque había ruidos de lo más variado, ya digo, antes de las ocho, estaba tan cansado que podía lidiar con ellos sin demasiado esfuerzo para pasar las mañanas dormido como quería, y hubiese podido también convivir con los coches de fuera y el alboroto de a partir de las diez, y con ella trabajando ante su escritorio de mesa de jardín reaprovechada, que ni tan sólo era una cosa ruidosa. A penas toquecitos de la calculadora, inquieta siempre que había que hacer sumas, y hojas de papel pasándose. Pero en Senegal hay una gran afición a gritar las cosas y estaba tan arraigasa que ella, tan buena persona como era -si hubiese de explicar su historia veriáis- no era menos que sus compatriotas y al menos tenía tanta práctica como ellos. La primera vez que gritaba ¡Alín! con un grito seco que aún sé hacer resonar exacto en mi cabeza (Alín era el nombre de mi compañera de cuarto) yo perdía ya toda esperanza de seguir en sofá y empezaba a desperezarme aún sin mucha conciencia. Esa sólo empezaba a recomponerla cuando tomaba el primero de tantos cafés que estuvieron más de un mes evitando que cayese redondo en mitad de la calle.