No se me ocurre ningún título, así que no debe hacerle falta

Que no le importamos mucho a nadie es un hecho consumado. Yo, por suerte, al menos le importo a mi madre y a mi hermana. Ni tan sólo he tenido que hacer nada al respecto para ganármelo, y que exista un amor tan desinteresado me da un par de escalofríos cuando lo pienso. No importarle a la gente es también la mejor excusa para convertirse en cualquier cosa; para ser malvado es perfecta pero si nos quedásemos aquí solo bordearíamos el tópico y este texto sería una parodia de lo que ya todo el mundo sabe. Tú, que me lees, también te abanderas de ella para justificarte. Bueno, puede que no lo sepas. ¿Que quién seré yo para hablar de cosas así? ¿Eso te has preguntado? Si eres del tipo de subnormal que se pregunta esas cosas deja ya de leerme, aprende a darle una oportunidad al resto del mundo. Seguramente tú justificas con ello tu infelicidad crónica y tu falta de voluntad por abrir los ojos a los de los demás. Puede que no sepa de ti, incluso podría no saber de lo que hablo, pero a caso, si te dejases, podrías aprender algo de mí como yo estaría dispuesto a hacerlo de ti.

Seguimos. Que no le importamos a nadie, además de hecho consumado, es una cosa muy trágica. Es uno de los lugares donde se enraíza la pena negra aquella de Lorca. ¿Has leído algo suyo? Deberías. En el fondo, estará en consonancia con el harmónico más interno de tu alma. Por eso le llaman genio. En realidad deberías leer un poco de poesía en general. Ahora, en cuanto dejes esto. Quizá tengas cosas más importantes que hacer, pero seguramente no. Como a todo el mundo le pasa eso de serle indiferente a la mayor parte de su entorno, más o menos todo el mundo aboga por el egoísmo embustero que va lastrando su vida y medrando en su soledad; ese egoísmo que se presenta a si mismo como alternativa, o superación o enfrentamiento a un mundo hostil, y el mismo que se encasta en lo que la gente suele llamar amor, erróneamente, aunque lo persiga. Para la mayoría, cuando se dan cuenta de qué mentirosa había sido esta forma de vivir ya es demasiado tarde. Digamos que para entonces ya se ha secado su alma. Si para ti es ya demasiado tarde, cuando he dicho alma te habrá sonado a esoterismo. ¿Que soy muy drástico? Ja. Tómatelo como quieras. Ojalá te lo tomes a mal. Al menos tendrás esperanza. Pero hoy estoy jodidamente cabreado y me apetece SONAR arrogante.

Darme cuenta rabiosamente de todo esto me pasa como una o dos veces a la semana, casi siempre los lunes y los viernes. Entonces, después de ponerme triste y pasar luego por el estadio de enfado, me apetece creer que hay alguna solución. “Neruda”, me digo. “Ésa es”. Otra vez la poesía, ¿eh? Tengo mucha fe en ella. Creo, creo que es un bálsamo maravilloso. Que con ella puedes sentirte tan cerca de otra persona como lo estás de ti en tus mejores momentos, hasta llegar a estar en esa comunión poética, que es una comunión espiritual, con sus textos. Puede que no sea un comulgar sincero y que no dure siempre ni llegue cuando quieres pero que exista hace que el mundo sea menos vulgar. Y cuando llega el martes y ya me ha engullido otra vez la garganta de lo cootidiano, de la exigencia social de deshumanizarte y olvidarte de ti mismo, aún entonces queda una pequeña reminiscencia, como ascuas en el fondo del cerebro, de aquél sentimiento de no-soledad, no-incomprensión, de no estar aislado hasta de ti en tu propio cuerpo; el poso que dejó Neruda, Rimbaud, Machado o un pobre diablo desconocido pero no menos obviado por sus amigos, por sus tenderos, su casero, sus primos, su tocador, su casa y hasta sus manos. Y durante unos momentos, los que dura sentir ese calor dentro antes de seguir una conversación insulsa o una tarea que se concibió ya cansada y mezquina, me parece que la tragedia, el no importar y la indiferencia, son inventos, y que en un mundo pequeño, más humilde y menos perverso podrían dejar de ser. Mi bálsamo poético, que es una metáfora en si mismo, me punza en el corazón cada vez que me lo bebo para que cree eso, un mundo más allá de la mierda a su alrededor, y su cosmología y su génesis y su historia, que sería la verdadera y la única, llamadme cobarde, porque sólo importaría esa. ¿Habéis visto alguna película de Wong Kar-Wai? Es medio poesía y medio pantalla, pero menos optimista. Es lo que sigue a este pensamiento que os digo de crear mi Babilonia con un puñado de personas, con amores como los de mi madre y mi hermana y todos los paisajes del mundo. Es lo que sigue, que dura también un momento, antes de retomar aquella conversación insulsa, esa tarea estúpida, esa forma incoherente de hacerse cada vez más desgraciado, menos libre y menos humano.

Ahora escucha esta canción de Sabina, y esta otra de Serrat. Y luego no te olvides de leer algo de Neruda, ¿vale?







2 comentarios:

  Jecholls

30 de octubre de 2009, 11:03

Estoy como el título. Creo que después de golpes así uno no puede decir nada. Es como cuando te golpean la nariz, te duele un rato pero quedas en silencio. Es el silencio tras el golpe. Pero me ha gustado mucho pasar por aquí.

  PÁJARO DE CHINA

3 de noviembre de 2009, 3:03

No, no le hace falta un título. Y está bien que no se lo pongas. Podés hacer como Whistler, que titulaba sus cuadros como si fueran partituras musicales, o como Rothko, que les ponía un número, solo por ponerles algo.

Estuve pensando que deberíamos leer poesía todos los días. No como un deber, sino como una necesidad. No debiera existir otra ley que la ley del deseo de leer poesía. Porque te impregna como la témpera a la tela y sí, el mundo comienza a verse con otros ojos. Sencillamente, te cambia la forma de mirar.

Te enseña a auscultar acontecimientos mínimos, sismos extraordinarios que pasan inadvertidos y respiraciones ocultas. Te quita definitivamente las ganas de sentarte a algunas mesas y te conduce abajo, cada vez más abajo, cada vez más abajo y más adentro.

Es bien cierto que le importamos a muy poca gente. Pero aunque le importáramos a mucha, en el fondo siempre estaríamos solos. Siempre estamos solos, en el fondo. Por eso leer poesía nos asiste y nos acompaña, ilumina y profundiza nuestro modo de estar solos en este mundo.

Por eso la escritura nos salva de la desesperanza de estar solos y, quién sabe, hasta de la locura.

Si un día nos comemos a Dickinson, al día siguiente nos inyectamos a Pessoa, luego lamemos una a una las heridas de Pizarnik ... me temo que no querremos dejar este bendito/maldito mundo.

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