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Malherido

Siento un dolor en el costado

que es hacia adentro,

una herida hacia adentro que sangra hacia mí,

un ardor que se me mete hacia adentro.

Hay una foto, una en concreto,

que me estira un corte largo

del pecho hasta el ombligo.

Tengo una nuez partida entre las paredes

de la garganta, cortándome sus ángulos,

y no puedo parar de vomitar

arena; la boca me sabe a polvo

después de morder la tierra.

En las manos tengo llagas,

me falta la piel que se arrancó

escapada a tejerse con la tuya.

De los dedos me penden

gotas de sangre como puños,

y tengo el esternón quebrado

sudando el terror negro de perderte,

algún día perderte.

Fría está mi carne, grises mis labios y delgados,

temblando, temblando por un beso cierto.

Pero por fuera se me ve un chico bastante sano,

solo un poco triste, quizá un tanto viejo,

ni tan solo sapo amargo y en verdad,

creedme, tengo todo el cuerpo

completamente amputado,

nunca más he de tener doradas las pupilas.

De espaldas al horizonte



Bajo siete cielos violáceos

a la espalda del horizonte, la naranja lengua de sol,

en el suelo donde lloran las azucenas

no hay muertos, no hay hombres,

flores que arrullan apenas y dormida hierba, eso es todo,

y un corazón fugitivo, asustado,

un corazón tumbado a medio derrotar,

hundido o clavado en el suelo,

un corazón perseguido por una espada,

desquiciado, hecho jirones,

que remonta vida aún pero que solo la remonta a penas,

que está agrietado, plegado sobre si,

abrazado a sus hombros cardíacos,

evacuado,

casi seco...

tan joven y tan viejo,

pero aún late a su vida, la empele con un golpe titánico a cada latido,

y en cada uno es como si pusiese toda la fuerza última que le queda;

se diría que la quiere.

Es una vida de pedazos, hecha con tela de recuerdos,

lana de recuerdos, esparto de recuerdos,

con lino de un pasado más remoto que si misma,

con seda de aquella memoria sin venas,

esculpida sobre una piel pura que fue.

De cada costura suya ha rodado una gota de sangre,

de cada hilo se ha abrazado un torrente rojo,

un cauce de sangre con peces de plata;

por los dedos penden, siempre penden,

rubís redondos que se añoran,

rubís nostálgicos que han de partir

y la noche antes sueñan con su viejo corazón

y le ven latir esforzado, oprimido, madre sola,

y a caso al fin se arrepienten de haberse marchado,

de haberse ido navegado por las heridas,

justo a un instante de caer contra su final ansiado,

cortando el silencio de cristal,

hacia la muerte áspera y marrón de las gotas de sangre,

que es una muerte como de cuero

en un mar secado todo.

Bajo siete cielos violáceos,

a la espalda de la naranja lengua del sol de oriente,

hay un vilo de estertores naufragado

y por él lloran, desvividas, las azucenas.

Tengo cien rosas combadas.



Un cristal cuelga de un hilo de agua

desde el techo de la habitación,

iridiscente.

En la pared móviles

se comban cien sombras

de licores dulces y de vinos viejos.

Soñando sueña que mira el carrusel

oyendo el ding cling del cristal.


-No hay personas que nos quiebren.

Ding cling.


Una llama naranja, hundida y cándida

que en el centro de unos ojos palpita


esperando, esperando, esperando...


ardiente en un sino ardiente en un cuerpo frío.

Hay besos gestándose a la calor de su adentro,

palabras de aire, o palabras de espada;

hay lugares de colores

y, ai...

no vayan a nacer muertos.


-No hay personas que nos quiebren.

Ding cling.


Nunca soy consciente de que quiero

más que cuando es ya tarde

para querer.

Soy un tonto del amor.

¿Y cuanto ya que a cada hora

me estoy ocupando de mí

sin ocuparme de mí siquiera?


-No hay personas que nos quiebren.

Ding...



¡Plas!


Quiero hablarte con todas las del abecedario,

quiero poder ser sincero.

Que nos dore los párpados esa luz de mediodía,

aunque, como debe dar, dará igual el tiempo,

y nos los arrugue a los dos con su caricia colorada,

entrando por la ventana con el olor del agosto azul

o con la hoja parda que crepite pidiéndonos asilo

-en el lenguaje de las hojas-

del otoño marchando que la quiere llevar;

o si quieres, puede entrar también entre la niebla,

crédula manta que se cree que ciega

los embates de nuestro rayo de sol,

-el nuestro-

incansable siempre, infalible cada mañana

en la ventana aquella que sabremos

sólo tú y yo

y que estará en -shhht-

Quiero que las cosas dejen de parecer cosas

otra vez.

Y quiero acabar ya este poema, que no te quiero aburrir,

y quiero que vuelvas,

y te quiero,

y que cuando vuelvas me digas tú

qué idiota he sido.


Si no, voy ahora a que me pinche

un chino especialista.

Hi va aviat, quasi hi és

Ai, vida meva,
fuig amb mi.
Vull que sigues
on no quedi res
que no sigui tot.

Tan fàcil que és de dir.


(Poema de sang)


Avui m'he despertat amb la boira fosca

d'un matí com de ressaca,

potser dels excessos d'anit:

mal rar de l'abús de somnis.

Jo estava poc menys que cec,

cec de no voler obrir el ulls,

no obri'ls -és cert

però ja li temo menys-

per no veure el qui no hi era;

el sol que em desvetllava

era un tast d'amargor

un poc tràgica i un pèl socarrona

que enguany es deia

no tenir dret a tastar-la.


I on és ara?

-m'ho pregunto quan ja sóc cendra-

i on és ara la cissura secreta,

la esquerda fina a l'escorça de la vida

on caiguérem l'altre cop?

He desaprès a viure quan no es viu

més enllà de la vida

i aquest avui primer ha estat dia

de silenci que vessa

del pou fosc de l'oblit.

Tant millor, diràs,

més fàcil tot plegat:

que ens volia endur un cop de mar,

agraeix, més ens val,

que siguem bons per esmunyir-nos.

Però ençà que se'm comença a fotre el cop,

perquè ençà que se'm fa tot

-tot el que em queda-

més aviat un poquet mesquí.


I digues si no és veritat

que el crim pitjor seria

que féssim per bondat

el crim d'escurçar-nos l'horitzó,

mutilant fins el capvespre

-llençant pedres sordes

a véncer-li els embats-

l'ànima pietosa que té el mar.


Morir una vida degollant-nos,

d'això sí que no voldria dur el pes.