Dilusión

El mundo viene sufriendo
una suerte de epilepsia
ya desde hace algunas horas
y me imagino desde entonces
yo un arte abstracto,
yo una realidad que solo converge
como un rayo
en cada estertor
como un calambre
y que entretanto sedimenta
mansamente
que parece pidiendo un perdón
por el lugar
y otro
por la forma,
perdón
por la consistencia.
Pero no es solo eso.
Últimamente, en la afección,
no estoy yo,
pero Dios no está,
y mi suerte no está,
y de los sentidos
solo el tacto queda.
Es como si a éste caparazón
le hubiesen dejado
sin su perla.
Veréis:
es que yo solía ser poeta.

Sueño ahora cuando sueño
que recuerdo
y sin dormir presiento
un zurcimiento ensordecido,
un escarbar como de insectos
entre el pelo,
una colonia de pesadillas
en estado de
germinación
que no sé si trepan
por mi halito,
si la debacle
no soy yo.
Y no escribo una mierda.
Es que no consigo financiación para mi alma.

¿Sabéis esas veces
cuando no habéis dónde pinchar,
cuando no hay sustancia
y encontráis excusas
y también la excusa aquella
de que ninguna fue
ninguna excusa?
Una de aquellas veces
soy yo.

Siempre vuelve











En palabras de Waugh, la novela "trata de lo que la teología llama «la intervención de la gracia divina», es decir, el acto de amor unilateral e inmerecido por el que Dios llama continuamente las almas hacia Sí"

Silenciado...

...como un cuadro de Munch

Final de Nighthwaks, de la novela homónima


El tabaco brillaba con un resplandor aciago bajo las sombras de cadmio, una atmósfera ciega y venenosa, trazas viscosas de humo que amparadas por la voluntad de su noche se adherirían furtivamente a la piel, trenzándose quedas por las extremidades, reptando en hilos hasta la mordedura que los inyectaría para devastar el tejido genético bajo la superficie, que los interpondría entre vida y nueva vida como un parapeto impidiendo la regeneración. Había convertido la habitación en el nebuloso corazón de su propio fantasma. Era turbia como su mente, hosca como sus pupilas y afilada como su pasado. Ahora, sin duda, estaba en casa. La tragedia se había cumplido, ya no quedaba atrás; en su lugar había un mar ingente de pasado para el que él era una luna de pedazos, sin párpado y descosida, chapoteando con la lluvia; quien quiera entender que entienda. Y no podía llorar, porque los astros no lloran, ni afrontar porque tampoco afrontan, y sin duda, y sobretodo, no podía tener miedo. Solo rielaba adverbialmente por lo que fue una vez su vida. Era un Buda anclado en la azotea de la nada. Había perecido en el camino. Una muerte más a la carrera.

Afuera el mundo continuaba su periplo por la inmensidad sidérea. Dos niños de cuna follaban en la esquina de la calle; en el edificio de enfrente un perico aprendía un insulto nuevo; en el cementerio su madre seguía desbastándose a tientas dentro de una tumba. Mil y mil cosas ocurrían y era como si no pasase nada. 

Ánimo

Es mucho más bonito recibir las cosas con las manos abiertas que hacerlo con los puños en alto

El mundo

Mucho ruido y pocas nueces

Culto a la personalidad