Figuraos
un aguijón clavado
en un cerebro,
un aguijón que ensarta
tu glándula pineal.
Figuraos
que en ese centro
de la cabeza
que se hace hueso
con el tiempo,
que recaba en ti, orgánico,
que se enquista,
se fortifica de miedo
o se hace crisálida,
figuraos
que allí resida,
en verdad,
vuestra alma.
Figuraos,
ahora,
que el aguijón
era metáfora
de una punta de roca
desprendida
por puta casualidad
que hienda tu cráneo
y desbaste tu mente,
arrollando pensamientos,
recuerdos y dolor,
la neurociencia dirá
si todos por igual.
Figuraos
que en su abrasar
carga al óseo cristal
que albergaba a tu alma,
y se sublima ésta
y se vuela de ti.
Figuraos
que la roca era
aún otra metáfora
de cualquier evento,
a caso una fulminación,
lo mismo da una enfermedad,
que te va a matar.
Figuraos todo esto
y entended
por qué temo a esta hora
una sorpresa clandestina
no en forma de muerte
sino de concepto
de vacuidad.
Porque tú no sabes
si al escapar tu alma
mezclada con el aire,
la deshilvana el viento,
o si se libera
arrojando el peso
sangrante de tu cuerpo.
Al fin y al cabo tienes
una punta de roca,
un metafísico aguijón
o un hueso
clavado en la cabeza,
hete tú a saber
desde cuándo.
Quizá el alma, paradógicamente, nos esté esperando;
o quizá un roce solo baste para deshacer la torre de marfil
donde la sitiamos.
o quizá un roce solo baste para deshacer la torre de marfil
donde la sitiamos.



