Herbert

Aunque nadie le reía las gracias Herbert era un tío respetable, así que todos lo respetaban y para él eso tenía el doble del mérito, o no, el triple porque Herbert estaba jodidamente arruinado en estado crónico y no tenía una sola perra en los bolsillos, ya ni hablar de sus cuentas en el banco; de eso probablemente no había tenido jamás. Hay quien incluso podría pensar (porque hay gente para todo) que ni tan siquiera tenía la cabeza preparada para entender el concepto de darle el dinero a una banda de ladrones con gomina por el pelo, puros entre los dientes, corbatas colgadas de la nuez y grasa en la tripa para mantenerlo a buen recaudo y rentabilizarlo y que por lo tanto, si ganaba alguna vez la lotería se le iba a ver yendo por la acera con un par de bolsas de basura negras cargadas a la espalda siempre detrás suyo. Y aunque eso de primeras pueda parecer un problema secundario, ocurre que Herbert jugaba mucho a la lotería. Jugaba tanto que un ciego que se ponía en una callecita del centro le hacía descuento en cupones, que no es moco de pavo porque el descuento era dinero que salía de su bolsillo y, bueno, algún día tendría que retribuirle el sistema. Si los que juegan a la lotería no la ganasen de vez en cuando nadie jugaría, ¿no? O al menos recuperasen lo puesto. Y así, algún día su falta de visión para el asunto de la moneda moderna, que es de ¿plástico? iba a convertirse en todo un problema, en todo un contenedor de problemas, aunque fuese solamente al recuperar lo invertido durante generaciones y generaciones de pelo -que primero fue negro, luego tuvo canas y al final se convenció en un tono completamente castaño pero que siempre, del color que fuese, iba a acabar echado en la misma y mitológica papelera de la misma y legendaria barbería de una callecita del centro, en el lado opuesto a la parada del ciego que regalaba pequeñas fracciones de esperanza-. Pero maldito dinero. Herbert no lo pensaba así exactamente, lo pensaba con una cancioncita pegadiza de dos veranos atrás, pero lo pensaba. Bueno. Herbert no era un genio, pero era un tío respetable, respetable aunque pobre como una rata chica. Es una pena esto de su muerte. La verdad es que era un buen hombre, eso es importante, y hacía más cosas que jugar a la lotería y cortarse el pelo, pero no quiero alargarme mucho o voy a conseguir que empecéis a odiarle ahora que ya está muerto y ya no tendría demasiado sentido. También está lo del sepelio humilde, como hubiese sido deseo suyo y preocupación de otro, señor tal, al que aprovecho por agradecer el interés en dar algún reposo a los huesos de uno de sus mejores y más queridos clientes y que era, según sus mismas palabras "un buen amigo que le animaba en las temporadas bajas del negocio, que siempre tenía varias horas para pararse a hacer compañía a alguien con una ocupación tan solitaria como la mía -refiriéndose a la suya-, junto al cual la gente suele pasar sin darse cuenta ni un momento de que existe a no ser que se esté acercado Navidad".

Y... Bueno. Qué más decir. Descansa en paz, Herb. Te echaremos de menos en el mundo de la sangre corriendo por las venas. Tú ya la tendrás disecada, como un gran coágulo con la forma de tu sistema circulatorio, vasos y capilares incluidos. Ve con cuidado de que no te la vaya a robar un artista modernillo de esos con ansias de sexo y trascendencia para una de sus esculturas de arte contemporáneo.

Nos vemos, amigo.

In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti.

Amén.

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